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Reportajes de Arte
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EGIPTO

Texto por Jaime Trigo

Egipto es un país lleno de sugerencias históricas y de secretos mágicos para cualquier viajero. En esta primera entrega recorremos territorios del sur para, bordeando el Nilo, contemplar algunas de sus maravillas arquitectónicas.

Visitar Egipto es una de las experiencias más maravillosas y más antiguamente compartidas por todo el mundo. Dentro de la monotonía lógica de un desierto que lo abarca todo, menos el Nilo y sus orillas, surge un paisaje lleno de luz, que en un principio podría parecernos siempre igual, pero que acaba por convencernos de todo lo contrario. Desde las orillas del Mediterráneo, nos topamos con su Alejandría, tal vez la ciudad menos egipcia de todas, y con su cercano El Cairo, capital de los nuevos Estados, grandiosa por su tamaño, por su historia, por todo. Sus pirámides, ya imposibles de “dominar” por su exterior, sólo pueden ser visitadas por su interior, pero con botella de oxígeno. Keops, Kefren y Micerinos... y la esfinge sonarán como fantasmas si el viajero asiste por la noche a “luz y sonido”, pero vale la pena alquilar mantas.

El paseo sobre los cruceros del desierto, vulgarmente llamados “camellos”, se ha hecho casi insoportable, entre otras cosas, por la presencia de demasiados turistas, demasiados aprovechados, y demasiado polvo y malos olores. Se necesitarían no días, que es lo normal, sino semanas o meses para ambientarse en todas estas cosas de corte entre oriental y africano para hacerlo de la forma más conveniente, en el momento oportuno, por su justo precio y con la persona ideal. Para aquellas personas que ya conocen otro país musulmán, se encontrarán en Egipto como en casa, la gente es agradable entre orgullosa y servicial, entre lista y despabilada, pero siempre o casi siempre muy inclinada al comercio. En muy pocas ocasiones, los europeos les pueden ganar la partida en una transacción comercial. Sólo existe un camino: “Saber perder cinco o diez minutos charlando amigablemente”. Todo cambiará para el viajero.

Conseguir un día perfecto en El Cairo es muy difícil pues harían falta muchos para visitar esta inmensa ciudad. Vamos a proponer uno de los mejores. Después de madrugar todo lo posible, algo muy importante siempre y sobre todo cuando se viaja por países muy calurosos, se puede aprovechar para ir paseando hasta las pirámides si se hospeda uno en el hotel que lleva su nombre y disfrutar allí de una de las siete maravillas del mundo. Después, y ya rayando el mediodía, habrá que visitar el Museo Nacional de Arqueología que es el mejor y más completo del mundo en egiptología, aunque no se puedan ver las momias con facilidad. Por la tarde, habrá que acercarse al zoco de Jan-al-Jalili, por muchas razones: allí es posible comprar, divertirse, tomar el té con nuevos amigos, encontrar más tipismo que en ninguna otra parte y, al final de la tarde, ya totalmente agotados, desear no marcharse de allí.

Hacia el sur

Pero, en cuanto el viajero salga de esa ciudad trepidante, siempre en obras, siempre llena de gente, siempre viva, y vaya recorriendo esas tierras fértiles, “El dios del Nilo”, hacia el sur, van cambiando muchas cosas. El tono de la piel se va oscureciendo más todavía, las gentes son más calladas, más introvertidas, como más responsables o tal vez desconfiadas. De vez en cuando el viajero se topa con un templo, una pirámide, niños jugando, una aldea que fácilmente se confunde con el paisaje. Sólo aquellos lugareños que han tenido la suerte de visitar los santos lugares de la Meca pintan sus casas con aviones, trenes y edificaciones que representan los de la ciudad santa y los medios de transporte que utilizaron. Estas casas brindan un toque de alegría y colorido al paisaje, lo mismo que las palmeras, los oasis del Nilo y las viejas barcas con su gran vela que lo surcan continuamente.

Este oasis largo y continuo, tanto como el río, que recorre de norte a sur este país y sobre el que viven tal vez el 90% de los egipcios, es suficiente para alimentar de cereales y frutas a todo este país y a los limítrofes, además de crear una temperatura agradable y fresca casi todo el año. Estas orillas del Nilo a veces son muy estrechas, como si el río en aquel lugar se hubiera enfadado y no quisiera ofrecer sus dones; en cambio, en otros sitios se abre y durante kilómetros lo riega y lo enverdece todo.

Desde que se construyó en los años 60 la gran presa, todo ha cambiado. Nadie sabe todavía si para bien o para mal. Se temen sequías y ausencia de riqueza en los campos al faltar el milagroso limo, que se aposentaba en las tierras al bajar las aguas de las crecidas. ¿Qué pasará a la larga, seguirá produciéndose cosecha tras cosecha, seguirán siendo las tierras tan fértiles? De momento, millones de personas viven más tranquilas y con menos afecciones reumáticas.

Ya más hacia el Sur, muy cerca de las tierras nubias, el viajero encuentra lo que podría llamarse el Alto Nilo, la tercera parte o el tercer grupo monumental de Egipto... Assuan. Allí chocará gratamente el frescor, la tranquilidad, ese aire como más limpio, más pulido en el ambiente que se respira en la zona. Dentro de este grupo, a pesar de que se encuentra más al Sur, podemos incluir los templos rescatados de Abu Simbel. Sólo se puede comprender todo aquel esfuerzo cuando uno los visita. La obra y el trabajo realizados han sido perfectos y seguro que se podrá seguir admirando su belleza otros tres mil años. Ya en el pueblo de Assuan, habrá que visitar el templo de “Filae”, rescatado, al construir la segunda presa, del fondo de las aguas en las que ha permanecido más de sesenta años. Tal vez sólo por ello es motivo suficiente para realizar dicha obra. Este templo es, sin lugar a dudas, el de más calidad arquitectónica de todos cuantos se puedan visitar en Egipto. Perfecto, armónico, justo de proporciones, es digno de visitar y a ser posible detenidamente.

Abu Simbel

Egipto es una tierra remota de historia larga y profunda con maravillas de arquitectura, pintura y escultura. Es un país monumental, tranquilo y suave pero con grandes contrastes de naturaleza. Cada momento forma un collar extraordinario de piedras preciosas. Las cuentas de esta joya la constituyen un templo, una tumba o una estatua.

La primera cuenta en este collar precioso está en el sur de Egipto, cerca de la frontera con Sudán: son los dos templos de Abu Simbel, dos obras colosales de la época de Ramsés II (dinastía XIX, 1303 a. C.), dos templos excavados en sendas colinas. Fueron trasladados de sus enclaves primitivos precisamente a causa de la construcción de la presa de Assuan, traslado que duró seis años, desde 1962 a 1968.

El templo de Assuan impacta a cualquier visitante. Es una inmensa construcción con cuatro colosos en la fachada que representan a Ramsés II sentado. Dentro encierra una modesta puerta sobre la que aparece la estatua de un hombre con cabeza de halcón que porta el disco del sol, del cual sale una culebra, el dios Harajtí. Harajtí era el dios del Sol naciente que visita la fachada del templo cada día al amanecer. Sobre los colosos, aparece una familia de monos, ordenados en una fila, que sonríen al recibir el primer rayo del sol. Junto a las piernas de los colosos, la reina Nefertiti, las esposas de Ramsés II y sus hijos permanecen también de pie muy tranquilos.

El gran templo está dedicado a la adoración a dos dioses principales del antiguo Egipto durante el Imperio Nuevo: Amon-Ra y el citado Harajtí. Eran dos dioses poderosos. El primero tenía el poder de los faraones tebanos, que unieron el país, consiguiendo el florecimiento de la civilización egipcia antigua. Al entrar en el patio grande del templo, el viajero se encuentra de repente con columnas cuadradas y estatuas sobrepuestas. Estas estatuas muestran a Ramsés II en postura osírica, llevando la corona del Alto y del Bajo Egipto, símbolo de la unión entre las dos regiones. Dicha unión existió desde la época del faraón Menes, el primer faraón de la primera dinastía (3200 a. C.). Mirando al techo del patio pueden apreciarse restos de policromía. Muestran el poder del águila hembra que aplasta sus alas para protegernos. Lo que impresiona a cualquier visitante son los relieves de la batalla de Cades contra los mitanos, en los que sobresale el movimiento en los caballos y carros de combate. Como anécdota, merece la pena señalar a dos soldados egipcios que le pegan a dos espías. Sobre la otra pared paralela varias escenas muestran la fuerza de Ramsés II cogiendo el brazo de un asiático y pisando a otro.

Continuando la marcha hacia el Santuario, se atraviesa el patio pequeño donde hay representaciones de sacerdotes que llevan las barcas de los dioses del templo de Amon-Ra y Harajti. Las columnas están grabadas con escenas que representan al faraón en presencia de los dioses entregando ofrendas o recibidos por las deidades principales o locales del Egipto antiguo. Al llegar al Santuario se contempla un pedestal y delante, cuatro estatuas de Hajajti, Ramsés, Aman y Ptah. El templo tiene seis almacenes grandes y dos pequeños, donde se representa a Ramsés entregando ofrendas a diferentes dioses.

Saliendo de este templo se ve otro de fachada hermosa con seis altos relieves excavados en la roca, cuatro de Ramsés con coronas distintas y dos, de su bella mujer Nefertiti. El templo se excavó en la montaña para dedicarlo a la adoración del dios Taúrt (el hipopótamo, dios del embarazo). Cuenta con un modesto patio en el que las paredes muestran la coronación de Nefertiti por la diosa Isis y la diosa de la belleza Hator. En el Santuario hay restos de una estatua de Taúrt.

Assuan

La segunda piedra en el collar es Assuan. Navegando en una barca de vela, en una travesía por el Nilo, se avanza con extraordinaria y suave tranquilidad. El paisaje es pintoresco en armonía con la naturaleza: montañas, el cauce del Nilo, islas verdes, árboles y palmeras junto a hoteles y mezquitas. Sobre la montaña está el mausoleo del Aga-Jan, donde puede disfrutarse de una vista panorámica de esplendor edénico. Se ve la casa de la Begum, en su color blanco, rodeada de flores. La isla Elefantina, con ruinas del templo de Jenum en una punta y el Hotel Oberoi en la otra. Entre ambas puntas, hay un bosque de palmeras y una aldea nubia. La ciudad de Assuan es pequeña pero bonita, su gente es amable, simpática y muy tranquila.

Los aborígenes de la ciudad son nubios, muy idealistas, y hablan un idioma de origen africano que todavía no se escribe. Conservan muy bien sus costumbres y sus mujeres son increíblemente trabajadoras. Son ellas las que en verano tienen que llevar la arena cada día por la mañana y meterla en el suelo de la casa para sustituir a la arena del día anterior. Dentro de las casas, cuelgan del techo los utensilios. Sus camas se elevan sobre patas altas. Elaboran bandejas pintadas de hojas de palmera que se cuelgan sobre las paredes, todo ello para defenderse de los alacranes. Cuando la mujer nubia se encuentra en casa, utiliza vestidos de colores y, cuando sale, se viste como el resto del país, según las costumbres egipcias. En la calle donde se halla el mercado típico, el viajero se encuentra a los comerciantes detrás de cestos llenos de especias, dátiles y frutos secos.

En el Sur de la ciudad de Assuan, existe un cementerio nubio con muchas capillas. Al lado del cementerio, hay un obelisco inacabado rodeado por un canal esculpido en la roca. Es de una sola pieza de 42 metros de longitud y 1.127 toneladas de peso.

Una turquesa en Assuan

Gracias a un barco de motor se puede navegar hasta llegar a una isla, la llamada Igelica, a la que trasladaron los templos de la Isla de Filae. La isla se formó con las lágrimas de la diosa Isis, cuando lloró la muerte de su marido Osiris. Es la isla que se mencionó en 'Las mil y una noches' con el nombre de 'La isla de la existencia', donde se encontraban los dos enamorados. Los templos quedaron sumergidos en el agua desde el año 1902 (fecha de la construcción de la presa antigua de Assuan), hasta el momento en que la compañía de la alta presa de Assuan, en 1977, iniciaba los trabajos de salvación de los mismos para finalmente inaugurarlos el 21 de marzo de 1980.

La primera piedra que se colocó en el templo es de la época de 'Taharca', del siglo VII a. C. El faraón Nectanebo (dinastía XXX) construyó el vestíbulo. Es un conjunto de templos de la época grecorromana y el principal de la isla es el dedicado a la diosa Isis. En la isla se visita el patio, que tiene 62 columnas de capiteles diferentes: papiriformes, lotiformes, multiformes, floriformes y palmiformes.

El templo de Imhotep, el de Avsinoi, el gran templo, el de agosto, una iglesia y el templo de la diosa Hator, todo este conjunto de templos se combina en una isla con variedad de formas arquitectónicas y finos relieves a pesar de que fueron destruidos por los coptos, quienes picaron las imágenes de los dioses para que los egipcios no volvieran a adorarlos. A su vez transformaron una gran parte del templo de la diosa Isis en una iglesia y grabaron cruces coptas sobre las paredes.

Una amatista en Assuan

Se trata de la presa de Assuan. Es una obra moderna, construida por el presidente Naser, en colaboración con los soviéticos, para asegurar el futuro a la gente que vive en el Valle del Nilo. Es una obra colosal, con una reserva de 95.000 millones de metros cúbicos de agua con el fin de recuperar el desierto egipcio y conseguir energía eléctrica, que, bien aprovechada, garantizará el próspero porvenir de Egipto.

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