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Carmona: Concierto de civilizaciones

Colonia romana, ciudad árabe y cristiana, Carmona posee un admirable pasado cuyos vestigios se dispersan entre tranquilas plazas y largas calles que son un elocuente ejemplo del urbanismo andaluz.

Texto por María José Landete

Plaza fuerte natural, Carmona es una de las más antiguas ciudades de la península ibérica que pierde sus raíces en tiempos donde no alcanzan las páginas de la historia. Fue conquistada por los romanos a los cartagineses durante la II Guerra Púnica. En el año 713, Muza ben Nusaur la tomó para los árabes y, más tarde, fue ganada para la corona castellana por Fernando III. Bajo el reinado de Pedro I el Cruel, a mediados del siglo XIV, vivió la etapa histórica más destacable, ya que el monarca sintió un apego especial por esta ciudad por su invulnerable situación estratégica y por esa fértil vega que la rodea, difuminada en un horizonte infinito que seguramente contemplaba desde su alcázar, al que ennobleció para descansar en su agitada vida de batallador, trágica y tempranamente arrancada.

Carmona, situada al pie de la más importante calzada romana de la Bética, y por lo tanto lugar de paso obligado, ya aparece mencionada, entre otros, por Estrabón y Julio César, quien que en sus Comentarios la juzgaba como la villa más fuerte de la provincia, refiriéndose a sus infranqueables murallas, y numerosos viajeros de diversas épocas la citaban en sus escritos.

La peste y la muerte

Entre sus restos romanos y árabes, recordaremos aquel momento histórico en el que fue uno de los centros decisorios del reino de Castilla. En marzo de 1350, Alfonso XI se encontraba sitiando la plaza de Gibraltar y la peste negra acababa con su vida. Aquella terrible epidemia, llegada con los marineros genoveses que la contrajeron en Crimea, mermó en un tercio la población europea. En la península ibérica fue introducida por los puertos nazaríes y la ruta jacobea.

El féretro del monarca castellano fue conducido a Sevilla. Al frente de la comitiva estaba su amante, Leonor de Guzmán, que le había dado diez hijos, acompañada de numerosos cortesanos, abades mitrados y maestres de las Ordenes Militares. Según avanzaba el cortejo, comenzaron las deserciones de los acompañantes, algunos enriquecidos por la intrigante Leonor, temerosos de la venganza de Pedro, el heredero del trono que esperaba el cadáver de su padre junto a su madre la reina María, hija de Alfonso IV de Portugal.

Con apenas quince años, Pedro ya daba muestras de su autoridad y Leonor fue encarcelada nada más llegar a Sevilla. A pesar de ello, continuó con sus enredos, por lo que fue enviada y encerrada en Carmona. Casi un año más tarde, la incorporaron a la comitiva real que partía hacia Valladolid y, en el alcázar de Talavera, el rey, instigado por su madre, ordenó su muerte, que fue ejecutada, al igual que había hecho con uno de sus hermanastros, Fadrique. Mientras tanto, mantenía prisioneros en Carmona a Juan y Pedro, que también serían asesinados más tarde. Otro de los bastardos, Tello, preso del terror, asumió la muerte de la madre y juró lealtad al rey. Pedro, sin freno, mandó ejecutar a su esposa Blanca de Borbón, encarcelada en Medina Sidonia, a la que había abandonado tras la ceremonia nupcial para unirse a su amante, María de Padilla. Así comenzaban las trágicas acciones de Pedro por las que mereció el apelativo de “el Cruel”.

La guerra y el hambre

Las escaramuzas entre Pedro I y los bastardos se sucedían pero el rey encontró un difícil enemigo entre ellos, Enrique, al que apoyaban la alta nobleza, la iglesia y doce mil mercenarios pagados por el monarca francés. A Pedro le respaldaban las ciudades, burgueses y mercaderes, la comunidad judía que atravesaba uno de sus momentos difíciles, además de diez mil ingleses enviados por el rey de Inglaterra que pronto le abandonaron por no cobrar sus soldadas. Algunos historiadores ven en este enfrentamiento el balbuceo de esa afección enquistada en nuestro país conocida posteriormente como “las dos Españas”. Posiblemente se trate de un juicio algo prematuro.

Retornó Pedro a Carmona, donde depositó sus bienes y sus hijos. La ciudad y su alcaide, Martín López de Córdoba, le eran fieles. Partió hacia Toledo para liberarla del asedio de Enrique. Acampó en Montiel, donde fue sitiado, refugiándose en el castillo a la espera de las tropas de apoyo enviadas desde Carmona, que se retrasaban. Negoció su libertad con el jefe de los mercenarios franceses, Beltrán de Duguesclein, y, tras llegar a un acuerdo, bajó a la tienda del bretón para rubricarlo. Avisado Enrique, en el interior de la misma tienda le dio muerte con sus propias manos. Con la sangre de su hermanastro escribía una nueva página que cambió la historia: una dinastía bastarda inauguraba su reinado. Era la primavera de 1369, habían transcurrido diecinueve años entre la peste, la muerte, la guerra y el hambre.

La ciudad se resistió al nuevo rey que la asedió desde marzo de 1370 y sólo el hambre la rindió. El alcaide, Martín López de Córdoba, se hizo fuerte en ella, manteniéndose fiel al asesinado rey Pedro. En la rendición pidió respeto para la vida de sus defensores, pero, cuando el fratricida entró en la ciudad en el mes de mayo, su primera decisión fue decapitar al alcaide junto a sus colaboradores y encarcelar a su hija, una niña de corta edad, y a los hijos de Pedro I, Sancho y Diego.

Entre dos civilizaciones

Aún puede recorrerse gran parte del decorado que formó parte de aquellos escenarios históricos. La Puerta de Sevilla, abierta en la muralla que levantaron los romanos, está compuesta por dos arcos, uno romano y otro árabe. Se encuentra entre dos torres unidas por una galería superior; el primer tramo está cubierto con bóveda y continúa un patio de defensa que formaba parte del llamado Alcázar de Abajo. El almohadillado inferior del muro se tiene por el más antiguo resto romano en la península. La Puerta de Sevilla destaca por esa compenetración entre dos civilizaciones, la romana y la almohade. Es un valorado ejemplo de la arquitectura cívico-militar que se salvó de ser derribada en varias ocasiones en los comienzos del desarrollo urbanístico a finales del siglo XIX y principios del XX.

En contraposición se encuentra la Puerta de Córdoba, próxima al Alcázar de Arriba, que marca la decadencia del Renacimiento clásico, aunque precisamente en eso se basa su interés, pues no abundan las puertas monumentales de ese período. Su origen es romano, como lo atestiguan las torres octogonales que la flanquean; modificada por los árabes, debe su aspecto actual a los cambios que se acometieron a principios del XIX. A sus pies se desarrollaron las más sangrientas escaramuzas en el asedio del Trastamara a la ciudad.

Rival de Sevilla

Y sigamos hacía el citado Alcázar de Arriba, llamado así por ocupar el punto más elevado de la ciudad. Residencia de gobernadores y taifas islámicos, fue el rey Pedro I quien sintió un verdadero afecto por el lugar, al que convirtió en una de sus residencias favoritas en cuyos salones tuvieron lugar reuniones históricas. Lo transformó en un modelo de lujo y riqueza, siguiendo siempre los estilos decorativos islámicos por los que sintió una profunda admiración. Las crónicas lo ponderan asegurando que era una joya del arte mudéjar, realizado por los mismos artífices que el Alcázar de Sevilla, con el que rivalizó en artesonados, riqueza de materiales y pinturas. Después de aquel esplendor y entrado el siglo XVI, cayó en el abandono y posterior ruina. Fue declarado Monumento Nacional en 1931 y actualmente, tras una total reconstrucción, es sede del Parador Nacional en el que pueden admirarse algunos de los restos históricos. El llamado Alcázar de Abajo fue cárcel y lugar para administración militar. Existió un tercer alcázar en la ciudad, conocido como “de la Reina”, situado extramuros y destruido a principios del siglo XVI.

También del tiempo de Pedro I son algunas de las numerosas construcciones religiosas que se encuentran dispersas por la ciudad. Se cree que la sinagoga se localizaba bajo la iglesia de San Blas, construida en tiempos del monarca. Con certeza se conoce la ubicación de la Mezquita Mayor que ocupó el solar en el que se eleva la iglesia de Santa María, de mediados del XV, pues su acogedor Patio de los Naranjos, del siglo XI, se corresponde con el de las abluciones del culto islámico. Tanto la iglesia, gótica, como su torre se fueron elevando en varias etapas y en el interior se conserva un numero importante de obras dispersas por las diferentes capillas. En unas salas anejas al Patio de los Naranjos se exponen una serie de piezas de orfebrería, pintura, escultura y otras artes pertenecientes a diversas épocas, entre las que destaca el Cristo de los Desamparados del siglo XIV.

Son numerosos los templos y conventos existentes en Carmona, componiendo un auténtico muestrario de estilos, lo que no es ninguna novedad, pues conservan partes mudéjares junto a bóvedas góticas o terminaciones en estilos que van desde el renacentista a los barrocos de raíz andaluza. En muchas de ellas encontramos restos de cerámicas pertenecientes a la importante escuela sevillana que fue directamente influenciada por los ceramistas italianos instalados en Sevilla en la primera mitad del siglo XVI. Nos aproximaremos a la Puerta de Sevilla para, fuera del recinto amurallado, contemplar la Iglesia de San Pedro, del siglo XV, aunque reformada en época barroca, en la que se distingue una torre que se asemeja a la Giralda sevillana, muy denostada por algunos viajeros que la consideraron una torpe copia de aquélla. En su interior se admira una pila bautismal de cerámica del siglo XVI, de la que es autor Juan Sánchez Vachero. Citaremos la iglesia de San Bartolomé, de origen gótico pero reconstruida en el XVIII y la cercana de San Felipe, mudéjar, del siglo XIV. Es interesante el campanario de la iglesia mudéjar de Santiago, próxima al Alcázar de Arriba, donde el ladrillo como elemento decorativo compone arquerías ciegas que se prolongan para formar redes; un mudéjar tan diferente del que se acostumbra a ver en otros lugares, sobre todo en Castilla.

Arquitectura civil

El siglo XVIII se corresponde con el auge de la clase nobiliaria local que construye casonas y palacios. Sobresale la casa palacio del Marqués de las Torres, del siglo XVIII, por su fachada barroca en piedra con doble columna toscana. En su interior se encuentra el Museo de la Ciudad que exhibe un importante fondo de piezas de cerámica y objetos de uso cotidiano procedentes de las excavaciones arqueológicas. En varias salas se distribuyen las piezas escultóricas y pictóricas, teniendo especial relevancia la sala dedicada a José Arpa (1860-1952), pintor nacido en Carmona. Algunos de estos palacios han sido rehabilitados para otros usos, como en el caso del magnífico edificio del siglo XVI que perteneció a la familia Lasso de la Vega y que hoy alberga las instalaciones de un hotel en el que se ha preservado el ambiente y la atmósfera que lo distinguió en sus días de esplendor. En la plaza de San Fernando, junto al Cabildo Antiguo, se encuentra una casa que conserva gran parte de los azulejos “de cuenca”, originales del siglo XVI, de dibujo estrellado y floreal, que la cubrían totalmente y que aportan un efecto de policromía y brillo soberbios.

Carmona, concierto de civilizaciones, anfitriona de monarcas que gobernaron sobre tres culturas, sobre tres religiones de las que se sirvieron para sus intereses políticos, se muestra como lugar privilegiado para los seducidos por el pasado que comprenden por qué fue la elegida de un amante del lujo islámico como el rey Pedro I y, durante casi siglo y medio, de los monarcas de la dinastía Trastamara, entre los que se contó la reina Isabel la Católica.

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