Arte contemporáneo, antigüedades, mercado, coleccionismo

Reportajes de Arte
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TRAS EL RASTRO DE LAS ANTIGÜEDADES

Texto por Manuel Irusta Cerro

El Rastro se ha transformado en el zoco del comadreo multiétnico y polifacético y en el escenario tumultuoso y dominguero del cambalache. Pero en la principal arteria de su organismo, la Ribera de Curtidores, continúa palpitando la vida cada día y, al mismo tiempo, por sus espacios y rincones, las galerías y sus tiendas, aún zigzaguea el Rastro del arte.

El fenómeno de las ferias y mercados nació, probablemente, como la expresión del intercambio de los excedentes agrícolas cuando se producía más de lo que se necesitaba. Tras adquirir con esos excedentes herramientas y materiales necesarios para continuar el ciclo productivo, el resto se destinaba al mercado, a las ferias y a las fiestas llamadas de la cosecha. Pero ese traqueteo de los mercados medievales, que instituyeron las ferias semanales, encuentra tal vez profundas reminiscencias históricas en el ágora griego, el foro romano y los posteriores zocos árabes, que en los siglos X y XI se solaparon con los mercados cristianos, como señala Félix Moneo en su 'Conocer el Rastro'. Algunos expertos encuentran los orígenes del Rastro madrileño en el siglo XV, cuando el Rey ordenó que ciertas superficies fueran retiradas de la influencia de Madrid a la que, a cambio, se le concedieron unas ferias que se instalaron en el siglo XVII en la Plaza de la Cebada, tras deambular por las del Prado y Atocha. Lope, Quevedo y Cervantes se refieren a esas ferias y al Rastro madrileños como a un mercado de carnes. 'A la izquierda de la calle baja de Toledo, y entre ésta y la de Embajadores, se encierra el famoso distrito conocido por el Rastro, nombre significativo, según el Diccionario de la Academia del 'lugar público donde se matan las reses para el pueblo' en cuyo sentido lo usaron también Cervantes, Covarrubias y otros célebres hablistas...', dice Mesonero Romanos en 'El Antiguo Madrid' en 1861. El Diccionario de la Lengua Española, en su vigésima edición, en su definición número 6 de 'rastro' escribe: 'Lugar destinado en las poblaciones para vender en ciertos días de la semana la carne al por mayor' y en la número 7: 'Sitio donde se mata el ganado para el consumo'. Según Bravo Morata en su libro 'Los nombres de las calles de Madrid', Ribera de Curtidores 'tomó el nombre de la profesión de la mayoría de sus habitantes. Allí estaban en los siglos XV, XVI, XVII y hasta incluso parte del XVIII las llamadas 'tenerías', establecimientos donde se curtían las pieles de los animales'. Pero también señala que 'la palabra 'rastro' nace porque era y es allí donde se vendían miles de artículos de desecho y donde los alguaciles hallaban el 'rastro' de muchos objetos robados. Claro que también hay otras opiniones, como la de Mesonero Romanos, que asegura que era el rastro donde estaban los pequeños mataderos de la antigüedad que abastecían a la Villa de carne'. Covarrubias Orozco, en su libro 'El tesoro de la lengua castellana o española', de 1611, escribe para definir el Rastro: 'El lugar donde se matan los carneros dicho por otro nombre arábigo 'xerquería'. Dixose rastro porque los llevaban arrastrando, desde el corral a los palos, donde los degüellan, y por el rastro que dexan se le dio el nombre al lugar'. Parece evidente que allí había matadero y mercadillo. En un grabado anterior a 1635 se lo denominaba 'El Rastra' y Pedro de Texeira, en 1656, habla de el Rastro, Carnicería Mayor, la fuente del Rastro, la Zorilla del Rastro y la calle de la que hoy es Ribera de Curtidores como calle de las Tenerías, o lo que es lo mismo, de las Curtidurías o lugares donde se curten las pieles. El matadero desapareció en el siglo XVII. Mesonero Romanos situaba en el Rastro el mercadillo central 'adonde van a parar todos los utensilios, muebles ropas y cachivaches averiados por el tiempo, castigados por la fortuna, o sustraídos por el ingenio a sus legítimos dueños'.

La Ribera de Curtidores

La llegada de los anticuarios se situaría, sin embargo, a finales del siglo XIX y principios del XX. El concepto de 'antigüedades' se perfila en los albores de nuestro siglo. Mesonero habla precisamente del ropavejero, aquel señor que portaba al hombro un saco con cacharros viejos, que extendía en el suelo y comenzaba a vender, como el precursor de los anticuarios en el lugar, pues los de su oficio se veían obligados a almacenar en la plaza de Santa Ana sus mercaderías. Algunas fuentes aseguran que los anticuarios se instalaron primero en la calle del Prado para trasladarse después, con la llegada de la segunda República, al Rastro. Peñasco y Cambronero describen el lugar en 1889 en su 'Las calles de Madrid: Noticias, tradiciones y curiosidades' con palabras precisas: '... Ocupando la parte de la vía pública que hay dispuesta para ello, instálanse los domingos multitud de vendedores con objeto de dar salida a los trastos viejos, saldos, ropas procedentes de empeño, antigüedades, libros usados, retazos de tela, hierro viejo y curiosidades de todo género...'.

'Divide en dos trozos este estenso distrito la espaciosa vía que comenzando con el título de Plazuela del Rastro sigue con el de Ribera de Curtidores hasta las tapias de las casas y huertos que avecinan a la cerca de Madrid', describe Mesonero Romanos. Auspiciada y mantenida por los 'héroes' San Cayetano, Eloy Gonzalo Cascorro y el vendedor de la ganga o la chiripa, la calle Ribera de Curtidores se nutre de todos los personajes literarios lo mismo que de los vivitos y coleantes en esa 'especie de Corte de los Milagros, de lonja de contratación de los tomadores del dos, en donde se cotizan los efectos producidos por las operaciones del día anterior, sumisos todos a la voz del Momipodio respectivo...', como explica Mesonero. El ciego, el chulo, el charlatán, la cigarrera, el sacamuelas, el guindilla, el pregonero, el ambulante, el portador de gangas y momios y otros muchos personajes se fundían, se funden, en un abrazo realista con los cándidos visitantes coyunturales o los expertos de la suerte. Y en medio sobreviven los profesionales de la pátina del tiempo, del arte fosilizado por el tiempo y de la vida que transpira tras el barro, el hierro, el lienzo o el vidrio.

Ribera de Curtidores, avenida que se traslada desde la plaza de Cascorro (antes llamada de San Dámaso, después de Nicolás Salmerón) hasta la Ronda de Toledo, corazón del Rastro, acera de casas corraleras y tal vez en ruinas, principalmente, la Ribera de Curtidores es el camino del arte, el rastro del arte, la presencia de los anticuarios, el espacio de los galeristas, porque allí resisten todos los embates tres ámbitos especiales: Galerías Ribera, Nuevas Galerías y Galerías Piquer, que vamos a recorrer.

Galerías Ribera

Iniciamos nuestro recorrido, que no pretende ser exhaustivo ni siquiera ordenado en su trayectoria, con estas galerías instaladas en 1964 en el número 15 de unos locales de nuevo cuño. Y nos acercamos primero a quienes ofrecen sus haberes en la planta baja del edificio. Son J. Barranco, que dispone de tres dependencias, una de ellas convertida en 'oasis', como la bautiza Moneo, y exhibe muebles, tallas, cerámica, pintura, relojes, lámparas y tarros de botica. Además, ofrece escudos a gusto del consumidor y acomodados a su heráldica. Ubach, que ocupa la tienda número 23, ofrece muebles antiguos estilo Luis XV, porcelanas, cerámicas, lámparas, cristal, plata y cuadros. Considera que las subastas y las ferias amenazan el futuro de estas tiendas de anticuarios. Y los hermanos Romero, que presentan pintura de los siglos XVI, XVII y XVIII junto a tallas de valía y marcos dorados de época. Rafael Romero, en la tienda número 24, ve su futuro del mismo color que la marcha del país. ¿Va tan bien, como dicen los ejecutivos del momento? En la planta central, la que se encuentra al nivel de la calle, entre otras está Atelier, que universaliza su oferta con sus 'On parle français' y English spoken', y Romaya con muebles, pintura, etc. En la tercera planta subsiste una galería, Ramírez, dirigida y utilizada para plasmar sus cualidades pictóricas, con expresa oferta de óleos, la misma que presenta Miranda en otro lugar.

Las Nuevas Galerías :

Conforman un todo aunque son varios cuerpos en torno a un patio central cuadrado. Fueron inauguradas en 1952 en el número 12 de la Ribera de Curtidores. Nacieron como las segundas de galerías Piquer. Son en total más de 60 tiendas, aunque en algunos casos varias son de un solo dueño, por lo que son cuarenta y tantas marcas. 'Tras la apoteosis de las Piquer nacieron las Nuevas Galerías. Con muchos y muy buenos anticuarios. Los mejores de Madrid estaban en las Piquer y en estas Nuevas Galerías. Las creó la Venerable Orden Tercera de San Francisco, orden benéfica, propietaria de los solares y también del Hospital de San Francisco. Aquí vinieron anticuarios para los que ya no había sitio en las Piquer. Los pioneros y emblemáticos son José María Rey, Lage, Manolo González, Carlos Ríos, Luis Cárabe... Gente con un cierto nivel y gente que ha cambiado... ha degenerado muchísimo', cuenta uno de los anticuarios pioneros que prefiere mantenerse en el anonimato. Además de algunas tiendas que asoman a la calle de la Ribera, como la 12 de los hermanos Lage Vázquez, que regentan también la 16, iniciamos aquí precisamente la andadura y observamos que destacan por sus lámparas, cristal de la Granja, cerámicas de los siglos XVI al XIX, espejos, tallas y tablas, telas y textiles. A su vera, Mercedes Cabeza de Vaca, en el número 13, en la misma entrada a las Galerías, se ha especializado en muñecas. Subimos al piso alto, y topamos con Alfonso, en el 48, dedicado a muebles, espejos, tallas y fragmentos de retablos dorados, y J. Zorrilla, en el número 54, y Marisa de las Heras, en los números 51 y 52, y Ana Fuentes en el 43, y Grazziani y sus estampas en el 40, y Jesús Fouz en el número 44. Por último, en el piso bajo, al nivel de la calle, encontramos a José María del Rey, donde destacan arcas y arcones y pintura de los siglos XVI, XVII y XVIII junto a cerámicas de Alcora, El Puente y Talavera; a Alba en el número 38 y sus objetos de vitrina; a Alonso Ojeda, en los números 27 y 28, que presenta sobre todo grabados de época, además de jarras de cerveza; a José Gonçálves, que llegó en 1952, en el número 24, donde exhibe llaves, tijeras, balanzas, candelabros, aldabones, campanas...; a El Jueves, en los números 19 y 20, que ofrece muebles rústicos, cristal y porcelana; luego, a la renovada tienda del número 22 regentada por la mano diestra del investigador Manuel Riestra y que abarca desde los grabados y las láminas únicos hasta los relojes, la cerámica, los muebles y los libros más antiguos y valiosos. Guarda muchas sorpresas; a Crimea, en el número 18, que recibe el nombre tal vez de la batalla entre turcos y rusos de 1854 y está especializada en armas, con una notable colección de armas españolas del XVII.

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