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Reportajes de Arte
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LA ÚLTIMA PASIÓN DEL EMPERADOR

Texto por María José Landete

Juan de Austria, hijo bastardo de Carlos V y personaje clave en la historia europea, vivió sus primeros años en tierras de Castilla, lugares que guardan un patrimonio cultural que nos acerca el recuerdo del héroe de Lepanto.

Un 24 de febrero de 1547 nacía en la ciudad de Ratisbona una de las figuras más sugestivas de nuestra historia, don Juan de Austria. Quiso la casualidad que llegase al mundo el mismo día en qué 47 años antes lo había hecho su padre, el emperador Carlos V. Su madre apenas tenía 19 años, se llamaba Barbara Blomberg y era hija de un rico burgués de la ciudad, según testimonio de un contemporáneo era vulgar en todo excepto en belleza. Con seguridad que quedó deslumbrada por la figura de aquel hombre poderoso que hacía su entrada en Ratisbona un día de primavera entre el ceremonial y la teatralidad propia de la época y a quien restaban escasas fechas para alcanzar aún mayor gloria en Mülberg. Evidentemente la joven alemana y el monarca vivieron una intensa pasión, la última para Carlos V que había enviudado hacía varios años. A los nueve meses nació Juan que fue separado de su madre a las pocas horas de nacer y trasladado a Bruselas a casa del mayordomo del emperador Luis de Quijada.

Mas tarde fue entregado a un vihuelista de la corte, François Massy, con quien vivió en la localidad de Leganés, cercana a Madrid. Una vez muerto el citado músico, el emperador comprendió que su hijo no recibía la formación adecuada a su rango y ordenó una vez más a su fiel Luis de Quijada que lo recogiese y se encargase de su educación. La esposa de Quijada, Magdalena de Ulloa, que no tenía hijos, lo acogió con sincero cariño que con el tiempo se convirtió en un sentimiento mutuo. Don Juan siempre la consideró su madre. De este modo comenzaron los primeros y trascendentes años en la vida del hijo bastardo de Carlos V, que entre una meliflua biografía y las interpretaciones imperiales que durante el siglo XX se hicieron de sus triunfos, su figura se resintió pero bien merece una más justa y ecuánime memoria.

En apenas un radio de escasos diez kilómetros se sitúan las localidades castellanas en las que se encuentra el recuerdo de aquel niño que cautivaría con su atractivo a sus contemporáneos y que se convertiría en el héroe más relevante de su época, quién aplacaría la rebelión de las Alpujarras, el héroe de Lepanto y gobernador en los Países Bajos, al servicio del imperio y de su hermano Felipe II. Contaba Juan de Austria con siete años cuando tuvo su primer contacto con estas tierras. Pasó algunos días en el palacio que los Ulloa tenían en Mota del Marqués. Actualmente es un colegio donde puede contemplarse el interesante edificio del siglo XVI que se halla organizado alrededor de un patio abierto con tres alas de dos pisos, arcos rebajados y apoyados en columnas, decorado con medallones que reproducen cabezas humanas de tosca talla. En una de sus salas se conserva decoración neoclásica con vistas de paisajes y también se encuentran dos interesantes retratos de damas sobre tabla adscritos al círculo de Pantoja de la Cruz. El palacio es obra de Gil de Hontañón, al igual que la cercana iglesia de San Martín, un excelente edificio gótico del siglo XVI, con portada de estilo plateresco cuya decoración guarda similitud con una de las obras más destacadas de este arquitecto, la Universidad de Alcalá. En su interior hay algunas tallas de indudable interés y un Cristo gótico del siglo XIII.

A escasos kilómetros se halla el pueblo de Villagarcía de Campos. En su castillo, propiedad de la familia Ulloa, estuvo el verdadero y único hogar que tuvo Juan de Austria. En su patio de armas se desarrollaron sus primeras e infantiles batallas y sólo lo abandonó cuando su padre adoptivo, Luis de Quijada que acompañaba a Carlos V en su retiro de Yuste, pidió a su esposa que pasase una temporada en Cuacos de Yuste con el pequeño Juan, tenía once años. Fue en esos días cuando conoció a su verdadero padre, el emperador, aunque le ocultaron su verdadera identidad por algún tiempo. El conocido cuadro de Eduardo Rosales 'Presentación de Juan de Austria a Carlos V', propiedad del Museo del Prado, reproduce de manera poco fiel aquel momento.

Del Castillo de Villagarcía apenas si quedan las ruinas de algunos lienzos, los restos de la torre del homenaje y en su lado oeste la puerta ojival. Su estado es lamentable y de no tomar medidas urgentes en pocos años no restará ni la memoria del solar que más parece un estercolero que un recinto histórico. En los años sesenta fue demolido en gran parte y una de sus paredes se utilizó como frontón. Evidentemente no queda nada del interior, donde entre otras cosas se hallaba una estufa que su propietario Quijada había comprado en Flandes y que trasladó a Yuste para que fuese usada por Carlos V. Pero lo que más llama la atención en esta localidad es uno de los más significativos monumentos del renacimiento español, se trata de la iglesia colegiata de la Compañía de Jesús. Fue fundada por Magdalena de Ulloa en 1572 y es una de las mejores plasmaciones del nuevo estilo herreriano, testimonio de la influencia directa que El Escorial tuvo sobre la arquitectura del momento. Fue la última obra en la que intervino el infatigable maestro Rodrigo Gil de Hontañón, continuada por Pedro de Tolosa, ayudante de Herrera en El Escorial y concluida por José Valeriani, arquitecto napolitano gran admirador del italiano Vignola y que dirigió numerosas obras en España. Es un monumento clave en la historia del alto Renacimiento por ser la primera iglesia viñolesca en España similar a la del Gesù de Roma, que Vignola ultimaba en aquellos momentos. La de Villagarcia fue inaugurada un año antes que la romana y en esta última podemos contemplar en una de las capillas laterales unos frescos del siglo XVII que representan el triunfo de la iglesia sobre los turcos en la batalla de Lepanto, acontecimiento clave para la historia de nuestra civilización. En el interior de la de Villagarcía existe un pequeño museo que guarda algunos recuerdos del héroe como una de las banderas de Lepanto y el llamado Cristo de las Batallas del que cuentan que Luis de Quijada, quien luchó junto a su hijo adoptivo en las Alpujarras muriendo en sus brazos, rescató de manos moriscas y se lo entregó a Juan que lo llevó consigo en la batalla de Lepanto. Como dato anecdótico, citaremos que José Francisco Isla escribió su 'Fray Gerundio de Campazas' (1753-1760) en esta colegiata.

Prosiguiendo nuestra ruta nos acercaremos al pueblo de San Cebrián de Mazote para recordar un hecho que sin duda marcó la vida de Juan de Austria. En un convento de esta localidad estuvo recluida su madre Barbara de Blomberg a quien sólo vio en tres ocasiones. La primera en 1576, en los Paises Bajos, y sólo le quedó un amargo poso de esta entrevista. Juan deseaba que su madre le hablara de su padre, pero la Blomberg sólo se interesaba por cuestiones dinerarias. El emperador había sido una aventura más para esta mujer que siempre llevó una vida algo desordenada. Juan de Austria, con el consentimiento de su hermano Felipe II, decidió apartar a su madre de Flandes y pidió ayuda a su querida Magdalena de Ulloa que se ocupó de la Blomberg, quien no venía de buen grado a España, ya que argumentaba conocer cómo se encerraba a las mujeres en este país. Fue trasladada al convento de San Cebrián de Mazote y Felipe II le concedió una renta. Con posterioridad pasó a Colindres y murió por esas tierras siendo sepultada en el monasterio de Montehano. En San Cebrían pueden contemplarse los muros y la portada de la iglesia del convento donde estuvo recluida. Fue fundado en 1305, habiendo sufrido un destino inmerecido como ha sido su utilización para explotación porcina y almacén. Es propiedad particular y su interior conserva, muy deteriorados, parte del claustro, la iglesia y el coro.

Pero si San Cebrián merece una visita es por poseer una de las más destacables obras del mozárabe, su iglesia parroquial. El exterior no reclama excesiva atención y una espadaña añadida altera el conjunto, pero la superposición de volúmenes de la cabecera nos advierte ya de su complejidad. Su interior es de una belleza asombrosa y se halla bien conservado. Consta de una nave que permite admirar un extraordinario conjunto de arcos de herradura sostenidos por columnas de mármol de distintas clases y capiteles cuyos elementos decorativos son verdaderas obras maestras y de los mejores que pueden contemplarse en monumentos de esta época. Las ventanas de la nave le otorgan una gran luminosidad. Se hallan numerosas coincidencias con las iglesias mozárabes leonesas de Peñalba y Escalada. En las capillas del ábside existe un friso, algo deteriorado, donde encontramos una interesante decoración de racimos y palmas. Posteriores a su primer momento son otras decoraciones como el artesonado y en su interior se conservan piezas de valor como una Asunción de alabastro de mediados del XVI atribuida a Inocencio Berruguete y un Cristo yacente del XVII de la escuela de Gregorio Fernández, al parecer ambos proceden del cercano monasterio de la Espina.

Y este monasterio de la Santa Espina y sus próximos montes Torozos, tienen un espacio de privilegio en la biografía de Juan de Austria ya que fue el lugar elegido por Felipe II, para encontrarse por primera vez con él y reconocerle como hijo del emperador. Fue enviado a la corte y educado junto a sus sobrinos el príncipe Carlos y Alejandro Farnesio, con el que le uniría una entrañable amistad durante su corta vida, era hijo de Margarita de Parma otra bastarda de Carlos V. Felipe II concedió a su hermanastro el tratamiento de 'excelencia', nunca el de 'alteza', que le correspondía y que tanto hubiera deseado. Se pensó en darle un destino cardenalicio pero sus cualidades estaban más cercanas al mundo de la acción. Una serie de acontecimientos hicieron que el rey mudara de opinión y acertadamente le colocó al servicio de las armas que tan bien supo defender.

El monasterio de la Santa Espina debe su fundación a doña Sancha, hermana de Alfonso VII, en el siglo XII. Se cuenta que su nombre es debido a que doña Sancha, valiéndose del tráfico de reliquias que tuvo lugar en la Edad Media, consiguió una espina de la corona de Cristo que donó al monasterio. El edificio fue objeto de numerosas transformaciones sobre todo tras un voraz incendio sufrido en 1731. Lo más destacable es la sala capitular del siglo XIII, exponente de la sencillez cisterciense. La iglesia muestra vestigios de distintas etapas, su capilla mayor data de mediados del siglo XVI y al XVIII pertenecen la fachada diseñada por Ventura Rodríguez y los claustros neoclásicos. En una de las capillas pueden verse unos sepúlcros de los hermanos Corral, activos en Castilla durante el siglo XVI, tienen en la parte inferior frisos con cabezas de angeles. El monasterio sufrió, como tantos otros, el expolio francés y el posterior abandono debido a la exclaustración y desamortización decimonónicas. A finales del XIX comenzó su reconstrucción convirtiéndose en escuela de agricultura y en 1931 fue declarado monumento histórico artístico. En su 'Viaje a España', Ponz citaba algunas de las obras que poseía en su interior, muchas desaparecidas, otras se encuentran en el Museo Marés de Barcelona.

La prematura muerte de Juan de Austria es un hecho no aclarado y sobre el que se han vertido numerosas hipótesis desde el envenenamiento hasta que fue simplemente víctima de la peste que hacía estragos entre las tropas españolas, mientras servía como gobernador en los Países Bajos. No lejos de la ciudad de Namur, en un fuerte construido a orillas del rio Mosa y en un palomar que sus soldados adecentaron, fallecía después de una penosa agonía con tan sólo 31 años de edad. Le rodeaban sus hombres y su querido sobrino Alejandro Farnesio. Felipe II ordenó que trajesen su cuerpo a España. El camino más corto pasaba por la enemiga Francia por lo que tuvieron que trocear el cadáver y esconderlo en sacos. Llegado a la corte se recompuso para presentarlo ante el rey. Descansa en el pabellón de los Infantes de El Escorial.

Sus éxitos también alcanzaron al terreno amoroso, ya que fueron bastantes sus amantes y entre ellas recordaremos a María de Mendoza, quizás la más amada y de quien tuvo dos hijos. Una fue Ana de Austria que tempranamente huérfana, fue cuidada hasta los siete años por la abnegada Magdalena de Ulloa. Felipe II mandó que fuese enclaustrada en el convento de Madrigal de las Altas Torres. Evidentemente a Barbara de Blomberg no le faltaba razón. Debido a la escasa vocación religiosa de Ana, se vió envuelta en algunos hechos que la condujeron al encierro en una celda, no obstante terminó su vida con el más alto rango para una religiosa ya que fue nombrada Abadesa de las Huelgas Reales de Burgos. Otra de sus amantes fue la bella napolitana Diana de Falangola, pretendida por el vanidoso cardenal Granvela, que siempre trató con desdén a don Juan.

Juan de Austria, nacido extranjero e hijo de alemana y flamenco, retornaba siempre que sus obligaciones se lo permitían a las tierras donde vivió su infancia. Es probable que le sucediese como a su padre que debió de sentir algo similar cuando eligió tierras españolas para retirarse. Testigos de sus últimos momentos hicieron constar que Juan de Austria pidió que le leyeran en un pequeño libro que llevaba consigo, algunas de las oraciones que le había enseñado Magdalena de Ulloa en Villagarcía. Esto nos trae a la memoria aquella frase de otro excepcional bastardo, Leonardo da Vinci, 'uno nunca se cura de la infancia'.

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