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Reportajes de Arte
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TARAZONA

Texto por María José Landete

Tarazona, en el límite de tres reinos y heredera de tres culturas, conserva las huellas de su pasado y el recuerdo de reyes y poetas que se sintieron atraídos por el cisterciense Monasterio de Veruela.

Tarazona se encuentra a los pies del Moncayo, en un rincón de Aragón, limítrofe con Castilla y Navarra, por lo que en diferentes épocas perteneció a cada uno de los tres reinos. Posee un interesante y variado patrimonio forjado en una historia plena de acontecimientos bélicos y reuniones diplomáticas y, como le sucede a Toledo, en ella se dan cita tres culturas. Esto lo manifiesta su barrio judío, sus edificios cristianos y, de modo especial, su mudejarismo, tan propio de ese espacio geográfico en el que se halla.

Iniciaremos nuestro andar por la ciudad acercándonos a contemplar lo que se ha convertido en casi un símbolo de la misma, el friso que adorna la fachada del Ayuntamiento. Para saber su origen, nos remitiremos a principios de febrero de 1519, momento en que Carlos V recibió la noticia de la muerte de su abuelo el emperador. A partir de ese momento, únicamente se ocupó de reunir el dinero necesario para comprar las voluntades de los siete electores llamados a nombrar al nuevo emperador. Los sobornos destinados al elector del Palatinado, a los arzobispos de Maguncia, Colonia y Tréveris, eran elevados. Federico de Sajonia, protector de Lutero, fue el único honesto. El banquero Jacob Fugger acudió en ayuda de Carlos, aportando un 65 por ciento de la suma; el resto se repartió entre otros banqueros de diversos lugares. El rey se avaló con las minas de Almadén, los pastos extremeños y andaluces, el oro que llegaba de América y algunas otras cosas. Por fin, fue elegido en Frankfurt y coronado en Aquisgrán en 1520. El pago de los altos intereses fue el primero de una serie de gastos que, como analizó Carande, contribuyeron a que el precio del imperio fuese la ruina de Castilla.

Pero faltaba la ceremonia solemne en Roma, con el Papa ciñéndole la corona, para lo que hubo un obstáculo. En la primavera de 1527, Francia y España seguían en guerra; los ejércitos del emperador Carlos V, compuesto por lansquenetes alemanes, españoles de los Tercios e italianos, hacía tiempo que no cobraban sus sueldos, vivían del pillaje y la extorsión. Roma era un apetecible botín y, en mayo de 1527, fue asaltada. El Papa Clemente VII permaneció asediado hasta que pudo escapar. El llamado 'Saco de Roma' duró casi un año, durante el que las tropas imperiales expoliaron totalmente sus riquezas y cometieron toda clase de excesos. Puede decirse que la ciudad nunca se recuperó; simplemente el tiempo mitigó lo hechos.

Ceremonial propagandístico

No obstante, el Papa accedió a coronar emperador a Carlos V, el 24 de enero de 1530, aniversario de su nacimiento. Como debía de ser bastante descarado por las secuelas de 'Saco de Roma', cambiaron el escenario de San Pedro de Roma por San Petronio de Bolonia. La repercusión en España de esta coronación fue más bien escasa, entre otras cosas por encontrarse recientes los lamentables acontecimientos de las revueltas comuneras y de las germanías. El emperador, imparable viajero, hacía uso de un pomposo ritual en su entrada en las ciudades y, evidentemente, la ceremonia de su coronación no fue una excepción. El gran cortejo, compuesto por altos representantes extranjeros, los soldados y el alto clero, se arropaba con la música compuesta especialmente para el acto, creando una majestuosa solemnidad y consiguiendo la repercusión propagandística que el monarca deseaba. Su éxito desbordó todas las previsiones

El friso

En 1530 se publicó una obra que, en una colección de cuarenta láminas realizadas por Nicolas Hogemberg sobre dibujos del holandés Martín Heemskerk, da fiel testimonio de la ceremonia. De ella se conserva un único ejemplar en la Biblioteca Nacional. En esas estampas se inspiró el autor que realizó el citado friso de Tarazona y que recuerda aquel acontecimiento, una excepción al absoluto desinterés que el país sintió por su monarca.

Ya hemos dicho que el celebre friso adorna la fachada del Ayuntamiento. Es una obra de mazonería realizada entre 1558 y 1563, toscamente tallada y que mide algo más de 32 metros. Sobre su autoría no hay acuerdo ya que podría ser alguno de los múltiples mazoneros que trabajó en la zona aragonesa. El edificio municipal es del siglo XVI, y su piso principal, el más hermoso. Posee tres balcones con rejería y cuatro ventanales con molduras, que ennoblecen su portada. Entre ellos aparecen varios escudos y tres enormes figuras míticas, sobre cuya identidad existen varias hipótesis; se completa la decoración con textos bíblicos. El friso fue objeto, hace escasas fechas, de una exposición titulada “La imagen triunfal del emperador”, con motivo de la conmemoración del nacimiento de Carlos V, que ha visitado varias ciudades entre ellas Bolonia. Curiosamente, Felipe II permaneció una semana en Tarazona en el año 1585 y Enrique Cock, notario apostólico y arquero de la guardia del Cuerpo Real, describió la ciudad minuciosamente, pero no citó el friso. Siglos más tarde, Gustavo Adolfo Bécquer lo definía como una larga y muda procesión en piedra. Y es que durante muchos años se perdió su memoria, identificándose con la comitiva de los Reyes Católicos entrando en Granada. Fue en 1946 cuando Sánchez Cantón lo estudió y aclaró su iconografía.

Ciudad mudéjar

Siendo cristiana y judía, sin embargo puede afirmarse que Tarazona es, más que otra cosa, una ciudad mudéjar. En ella destaca ese “único tipo de construcción peculiarmente español”, según la acertada frase de Menéndez Pelayo. La convivencia de moros y cristianos durante seis siglos condicionó toda la vida medieval española y es en Aragón, en el rico valle del Ebro, donde los mudéjares mostraron sus excelencias tanto como agricultores, como en la creación artística.

La catedral fue elevándose lentamente sobre un primitivo proyecto, ya que los acontecimientos históricos alargaron su construcción contribuyendo a que diversos estilos se conjuguen en ella. Comenzada en sillería y mampostería en el siglo XII, se finalizó en ladrillo, durante el XVI. Es posible que en 1221 se hubiese terminado la cabecera, ya que el rey Jaime I veló sus armas en la iglesia antes de sus esponsales con una infanta castellana. La portada es renacentista de finales del XVI, con arco de medio punto ricamente decorado. El elevado cimborrio, característico de la escuela aragonesa, se comenzó en 1519 dentro de la estética gótico-mudéjar-plateresca, finalizándose bastantes años más tarde. En su exterior aparecía cubierto de cerámica, actualmente desaparecida. La torre de ladrillo con aplicaciones de cerámica completa el aire oriental de todo el conjunto, característica que se extiende por toda la ciudad.

Debido a su deterioro, lleva cerrada varios años. Se está acometiendo una laboriosa restauración que esperamos finalice pronto, por lo que citaremos someramente su interior, que en la actualidad no puede visitarse. El primitivo claustro románico fue destruido por las tropas castellanas durante las guerras del siglo XIV. El actual constituye un excepcional conjunto mudéjar donde los alarifes moriscos crearon elementos decorativos de gran belleza. Distribuidas por las diversas capillas de las naves se encuentran importantes piezas de gran calidad, como los numerosos sepulcros de delicada talla y diversos estilos. De enorme interés es uno de los retablos que, entre 1392 y 1403, realizó el pintor judío Juan de Levi. Consta de tres tablas mayores, veintidós de formato pequeño y nueve para la predela. Otra bella pieza es la rejería de hierro forjado y chapa repujada, de mediados del XVI, que cierra la capilla de los Talavera. Su sillería se atribuye a los Sariñena y las pinturas de las bóvedas, a Pietro Morone.

Tarazona cuenta con otras torres mudéjares como la del Convento de San Francisco, cuadrada en su cuerpo inferior y ochavados los superiores. En la capilla de la Piedad de este convento, los Reyes Católicos nombraron, en 1495, Arzobispo de Toledo a Francisco Ximénez de Cisneros. La iglesia de la Magdalena, la más antigua de la ciudad y primera catedral, conserva la torre más representativa. El cercano palacio Episcopal fue residencia del 'wali' en tiempos de la dominación árabe y, posteriormente, de los monarcas aragoneses. En el siglo XV pasó a ser sede episcopal. En su interior destaca una loggia que, junto a la decoración de la cúpula renacentista con pinturas del ya citado Pietro Morone, delata los contactos existentes entre Aragón e Italia.

Monasterio de Veruela

Y nos acercaremos a otra joya de esta zona. Cerca de Tarazona se halla el admirado Monasterio de Santa María de Veruela, primero de la orden del Císter en Aragón. Su fundación por Pedro de Antares en el siglo XII poco se diferencia de la de otros monasterios, sólo que en este caso Gustavo Adolfo Bécquer se encuentra entre sus narradores.

Ya era significativa la importancia del monasterio en el siglo XIII. El rey Jaime I le ratificó las donaciones y lo eligió para sepultura de su primogénito el príncipe Alfonso en 1260. Sufrió los tremendos desastres del siglo XIV, época de hambres, epidemias y guerras, que lo dejaron casi abandonado. Volvió a reabrirse pero ya nunca gozó del primer esplendor. La ocupación francesa, la disolución de las comunidades religiosas, la desamortización de 1835 y posteriores terminaron definitivamente con la vida del monasterio. Fue declarado Monumento Nacional en 1919.

Recuperado ya, continúan las labores de restauración y recibe a numerosos visitantes que penetran en el mismo a través de un arco sobre el que reposa una torre que formaba parte de la cárcel, como era habitual en estos monasterios. Al fondo espera la austera portada románica de la iglesia, con sobrias arquivoltas. El campanario fue un añadido del siglo XVII.

Sorprenden las enormes proporciones del templo. Fue construido en el último tercio del siglo XII y deja entrever los primeros balbuceos del gótico. La decoración prácticamente desapareció como consecuencia de los sucesos históricos; algunos retablos se quemaron para recuperar el oro; otros fueron trasladados, como el que se encuentra en la vecina parroquia de Vera de Moncayo, atribuido a Arnao de Bruselas. Una pieza de gran valor es el sepulcro plateresco del Abad Lupo Marco, o la bellísima talla en alabastro de mediados del XVI, “Virgen con niño y santos”, situada en un nicho excavado en el muro y debida a Pedro de Moreto y Bernardo Pérez. Dentro de la iglesia se halla una portada en estilo rococó, generosamente decorada, tan alejada de los cánones cistercienses y que deja traslucir la relajación en la vida del monasterio.

En cuanto al claustro, su planta inferior es gótica, de la segunda mitad del siglo XIII; la superior, del XVI, es una galería mirador decorada con medallones renacentistas que contrastan con las gárgolas góticas. Las ménsulas que soportan los arcos están labradas con interesantes figuras. El lavabo utilizado por los hombres del Císter es una bella obra y del resto de las estancias destaca la Sala Capitular, donde se encuentran dos excelentes sepulturas, una del siglo XIII policromada y otra, más sencilla, del XIV.

Sus ruinas fueron elegidas como lugar de meditación y descanso por los románticos y uno de sus más ilustres huéspedes fue el poeta Bécquer, quien residió en una de sus celdas desde finales de 1863 hasta octubre de 1864. Allí escribió sus celebres cartas “Desde mi celda”, cuyas bellísimas descripciones están aún vigentes. Su hermano, el pintor Valeriano, le acompañó algunas temporadas y se inspiró para realizar pinturas al óleo y dos cuadernos de dibujos: “Expedición de Veruela” y “Spanish Sketches”, que se encuentran en la Universidad de Columbia y en la Biblioteca Nacional, respectivamente.

Al abandonar el monasterio, nos fijaremos en un crucero renacentista que señala la jurisdicción de la Abadía. Lleva el nombre del poeta en recuerdo de que allí solía descansar.

PIES DE FOTOS

1.- Vista de la parte vieja de la ciudad de Tarazona.

2.- Detalle de la fachada del Ayuntamiento donde se encuentra el friso que recoge la cabalgata real.

3.- Portada de la catedral, donde se aprecia la riqueza de la decoración renacentista.

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