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Monasterio de Alcobaça: las tumbas de las lágrimas

La historia de Pedro I de Portugal e Inés de Castro tuvo su destino definitivo en uno de los monumentos más importantes del país, el cisterciense Monasterio de Alcobaça

Texto por María José Landete

Al llegar a la abierta plaza donde se sitúa el Monasterio de Alcobaça, situado en los alrededores de Lisboa, en la región de Leiria, el viajero se encuentra frente a una fachada barroca que conserva una sencilla puerta gótica con arquivoltas de arco apuntado, sobre la que se alza un gran rosetón, numerosos motivos decorativos y las torres. Como insinúa José Saramago en su obra “Viaje a Portugal”, al penetrar en el templo, pronto nos olvidamos de la portada. Por ello, debemos apresurarnos a entrar en sus elevadas naves, cuya desnudez propia del estilo cisterciense encoge el ánimo; pero, aún más, al aproximarnos al crucero, encontramos dos túmulos, los más bellos de la importante escuela gótica portuguesa: son los del rey Pedro I y su amante, Inés de Castro. El epílogo a su historia se escribía un día de abril de 1362, cuando el rey recogía los restos de Inés que estaba enterrada en la Iglesia de Santa Clara de Coimbra y los trasladaba en una fúnebre comitiva, en la que obligó a participar a toda la nobleza portuguesa, a los tres hijos habidos de su relación y al heredero del trono portugués, hijo de su primera esposa, hasta el Monasterio de Alcobaça, lugar elegido para el descanso de ambos.

Este hecho ha movido el interés de numerosos y grandes escritores de todas las épocas, entre los que citaremos a Lope de Vega, Vélez de Guevara, Voltaire, Victor Hugo, Stendhal, Nietzsche o el romántico Castello Branco. Pero entre todos destaca Luis de Camoens, el primer gran escritor portugués, que le dedicó parte de su Canto III de “Os Lusiadas”. Situó en las afueras de Coimbra, en lo que ahora es un pequeño palacio dieciochesco llamado “A Quinta das Lágrimas” a orillas del río Mondego, el escenario donde se desarrollaron los más bellos momentos en la vida de Pedro e Inés, quien residía en el cercano Convento de Santa Clara del que apenas quedan algunos restos inundados por el río y que está en proceso de restauración. En el siglo XIV, la Quinta era un coto de caza de la familia real que entonces residía en Coimbra. En sus jardines, unos hermosos y tristes arcos ojivales con parteluces, entre una agobiante vegetación, nos recuerdan aquel pasado. A su lado, aflora un manantial, la “Fonte dos Amores”, en la que hay una lápida de piedra que recoge unos versos de Camoens y que fue mandada colocar por Lord Wellington quien vivió una temporada en ese lugar cuando fue a ayudar a Portugal contra los franceses. El inglés se enamoró de la historia de Inés y Pedro y deseó conservar su recuerdo para siempre. En la actualidad es un establecimiento hotelero.

Los hechos

Pedro, hijo del rey Alfonso IV de Portugal y heredero al trono, había nacido en 1320. Se casó con Constanza de Castilla en 1340, de la que tuvo tres hijos. Inés de Castro, hija bastarda de un noble gallego, era dama de su esposa y muy pronto el infante se interesó por ella. El rey y la nobleza no admitieron esta relación, por motivos políticos e incluso personales. Inés fue expulsada y se refugió en Albuquerque. Constanza murió en 1345 y fue entonces cuando los dos amantes empezaron a vivir juntos, naciendo tres hijos de esa unión. Varios fueron los intentos de Pedro para que su padre recibiera a Inés como su elegida, a lo que siempre se negó el monarca, quien tenía el temor de que se hiciera valer el derecho de los hijos bastardos al trono. Por otra parte, los hermanos de Inés habían conseguido cierto poder y eran consejeros del heredero. No hay documentos que lo atestigüen, pero Pedro dijo haberse casado con Inés en 1360, en Braganza.

Tres nobles portugueses, Pedro Coelho, Alvaro Gonçalvez y Diego López Pacheco, recomendaron al rey la muerte de Inés como única solución. En Coimbra, en presencia de sus hijos, fue degollada en 1355. El infante, desesperado, entabló una lucha contra su padre y saqueó las comarcas del norte del país ayudado por los hermanos de Inés. La intervención de la reina madre, Beatriz de Castilla, hizo que se firmara la paz. Pedro prometió olvidar el luctuoso suceso, algo que obviamente no hizo. A la muerte de su padre, hecho acontecido en 1357, y una vez en el trono, situó a los hijos de Inés a la altura de los de Constanza y llegó a un acuerdo con Castilla, donde se habían refugiado los tres asesinos, para que se los entregaran a cambio de otros castellanos que se habían refugiado en Portugal. Sólo consiguió a Coelho y Gonçalvez, a los que arrancó el corazón delante de sus hombres.

No se sabe dónde comienza la leyenda o hasta qué punto se apoya en hechos verídicos pero, según algunos cronistas, mandó desenterrar a Inés e hizo colocarla en el trono, obligando a sus súbditos a besarle la mano como soberana de Portugal. Tras aquellos hechos, no fue capaz de encontrar la felicidad y murió en 1367, en Extremoz, y le llamaron “el Justiciero”.

Primer Monasterio del Císter

Se trata del monumento más importante del cisterciense portugués. Numerosos historiadores del arte han considerado a su iglesia, la de mayor tamaño de Portugal, la más pura del estilo que se erigió en toda Europa, un claro exponente de la arquitectura monástica medieval. Su fundación tampoco está exenta de leyenda. Durante la reconquista, Alfonso I, primer monarca portugués, hizo la promesa de donar a la orden cisterciense todos los terrenos que se contemplaban desde la Sierra de Alvados, si lograba la victoria sobre los moros. A mediados del siglo XII, el rey entregaba un lugar conocido por Alcobaça a Bernardo de Claraval. La historia del Monasterio se halla fuertemente unida a la del país y a la de sus monarcas.

Los monjes cistercienses demostraron que eran unos excelentes agricultores y, consecuentemente, idóneos para la repoblación de los terrenos donde se asentaban. La austeridad, simbolizada en su hábito blanco, era su regla y así era su arquitectura, sencilla y exenta de toda ornamentación. Alcobaça presenta una absoluta relación con Claraval, la abadía madre de la orden, pero a lo largo de su historia se fueron agregando dependencias y a la sobriedad cisterciense se unieron estilos como el manuelino e, incluso, el barroco.

Cuando a principios del siglo XX Miguel de Unamuno lo visitó, se utilizaba como cuartel. Acertadamente el escritor comparó las elevadas naves con desfiladeros. La decoración es esquematizada y su cabecera fue modelo para otros templos posteriores. En la girola se abren nueve capillas que envuelven a la mayor y aún quedan en el solado restos del primitivo ladrillo de barro vidriado que revestía toda la iglesia. Desde el lado de la epístola se accede a la Sala de los Túmulos, Panteón Real de la primera dinastía portuguesa. Una puerta románica situada a la izquierda de la nave da paso a la sala de los Reyes y al magnífico claustro comenzado en 1308, llamado de Don Dionís o del Silencio. La planta inferior es cisterciense y la superior se añadió en el siglo XVI. Confluyen al sugestivo patio las dependencias monásticas que en éste alcanzan una grandiosidad verdaderamente única y el lavabo, una sencilla fuente que perturba el silencio del espacio claustral.

El dormitorio de los monjes, una estancia de grandes proporciones, se halla en el segundo piso y su bóveda se apoya en recias columnas. Tanto la librería, como la sala capitular son de características románicas. El refectorio es una de las salas más bellas y en uno de sus muros se encuentra una escalera, excavada en el mismo, con arcos de medio punto sobre esbeltas columnas que conduce al púlpito del lector, hoy desaparecido. Verdaderamente curiosa es la cocina, que sufrió profundas reformas en el siglo XVII cuando se cubrió de cerámica. Posee aljibes y una chimenea de desmesurado tamaño sustentada por columnas metálicas que marcan una de las primeras aplicaciones de ese material en la construcción. El Monasterio mantuvo varias actividades culturales y poseyó una importante imprenta. Hacia finales del siglo XVII, se desarrolló entre sus muros un tipo de escultura en barro hecha por los propios monjes, momento conocido como de los “monjes barristas” y del que queda un ejemplo en una de las capillas de la iglesia: “La Muerte de San Bernardo”, terracota policromada bastante deteriorada.

El terremoto de Lisboa produjo grandes destrozos, además de coincidir con una difícil situación financiera. El marqués de Pombal trató de protegerlo apoyando cultivos y creando una fábrica de paños que no consiguieron enjugar la crisis. Los acontecimientos de la guerra civil en 1832 y la posterior extinción de las ordenes religiosas en 1834 condujo al Monasterio a su abandono, y parte de su riqueza desapareció dispersándose por museos y colecciones. Se restauró en 1930 y actualmente se muestra exento de toda riqueza, tal y como lo concibieron sus primeros pobladores, los austeros “monjes blancos”.

El encuentro definitivo

Pero no sólo el magnífico templo atrae a los visitantes. Posiblemente la mayor fascinación provenga de los sepulcros situados en el crucero que contienen los cuerpos de los dos amantes que se consideran dos piezas en las que la escultura gótica portuguesa alcanza su mayor altura. Fueron ejecutados hacia 1360, siendo sus autores desconocidos, aunque se cree que habrían sido portugueses. Los detalles del trabajo manifiestan una suma perfección propia de la escuela de Coimbra, uno de los principales focos en el que por razones históricas se citaron los más refinados maestros que trabajaron la dócil piedra calcárea de la región.

Don Pedro I sintió una especial estima por Alcobaça, tal vez porque los monjes le apoyaron. En una extraña paz llena de soledades, descansan Pedro el duro, el justiciero o el loco, según algunos, e Inés, una dama de la corte. Los túmulos describen la historia envuelta en alegorías y sus figuras, ella vestida a la usanza de la época, la cabeza apoyada en un almohadón protegida por un baldaquino mientras que unos ángeles la rodean, a sus pies un pequeño perro; el rey aparece armado caballero, la espada como emblema de la justicia, mientras seis leones lo soportan y un lebrel, símbolo de la fidelidad, yace a sus pies. En los frisos del túmulo de Inés se alternan las armas de la familia Castro con las portuguesas, escenas del Nuevo Testamento; en la cabecera un Calvario y, en el lado opuesto, el Juicio Final, tema raramente encontrado en las tumbas y que se representa como un camino donde los condenados descienden y los bondadosos caminan hacia el Paraíso, bellamente labrado. En el túmulo de Pedro se reproducen escenas de la vida de San Bartolomé y en la cabecera, un rosetón del que se han hecho múltiples y controvertidas interpretaciones por desconocerse su iconografía: se trata de tres circunferencias concéntricas, polilobuladas y plenas de pequeñas figuras entre las que se adivinan hechos de la vida de los amantes y una leyenda que dice: hasta el fin del mundo. A los pies aparece simbolizada la “buena muerte” tal y como se concebía en la Edad Media y que se acerca a la que tuvo el monarca. Las tumbas estuvieron situadas en la Sala de los Túmulos desde 1786 y fueron brutalmente mutiladas por los soldados de Napoleón en 1811, sobre todo la de Inés. En 1985, la UNESCO declaró a este monasterio Patrimonio Cultural de toda la Humanidad.

Un lugar bello por sí mismo enriquecido por haber dado cobijo a un drama que, a diferencia de otros divulgados hasta el cansancio, sucedió de verdad, aunque la leyenda y la imaginación de los escritores hayan añadido hechos de difícil creencia. Una historia que comienza en un lugar denominado “das lágrimas”, dando origen a una de las más bellas obras escultóricas del gótico y que nos hace recordar aquello que escribió Petrarca: “Ninguna otra cosa, salvo el llanto, dura en el mundo”.

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